viernes, 18 de mayo de 2012

-¡Gerineldo! ¡Auxilio! ¡Creo que tengo un tumor cerebral! ¡He perdido la vista para siempre!-

Muchas veces Emir alucinaba enfermedades. Se lo ha catalogado de hipocondríaco. Con el tiempo los doctores entenderían que estaban frente un auténtico genio. Claro que es totalmente entendible su reacción. No es fácil darse cuenta cuándo uno está frente al próximo creador de ideas primeras. Por lo general cuando a uno le toca enfrentar a un hipocondríaco se encuentra con simples copiones, personas completamente locas y desesperadas por escapar de las estructuras y los montones.
Emir no era estéticamente agradable para la percepción occidental del siglo XXI. Cruzarlo en la vía pública era una sorpresa desagradable. Cambiaba de rumbo los pensamientos de aquél que se detuviera a observarlo al menos con un vago detenimiento. Su lánguido y lacio pelo era de un marrón con suaves tonos de bordó. Unas gafas anormales le daban coherencia a la estúpida posición de su boca, la cual estaba comprendida por unos labios finos, rosados y húmedos. De alguna manera los consumidos pómulos estaban relacionados con sus orejas, siempre frías y descubiertas por la mitad. Daba la impresión de no estar allí donde estaba. Alma y cuerpo estaban distanciados diría algún extraño que lo viera a la luz de los primeros rayos del sol en sus paseos matutinos por la Avenida Halo.
Murió de fiebre del alma. El último registro antes de que ésta juntara las fuerzas necesarias para abandonar el cuerpo fue de 42º. Cuatro días antes de la separación de los cuerpos, los médicos trascendentales diagnosticaron que la situación era irreversible. El dr. Zandromanco intuyó instantáneamente al momento que Emir entró en su despacho que era una persona con una dualidad corporal vibrante y que esto derivaría en consecuencias fatales para su existencia. Fue por aquél motivo que instó a sus colegas